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Mi camino profesional (o cómo ganar confianza en que puedo ser una gran dev)

Volviendo al inicio

Aún recuerdo aquellos días en que, como si fuera algo tan natural y obvio, me decidí a ser Ingeniera en Sistemas de Información. En mi familia el único que tenía computadora era mi hermano. Él estaba estudiando esa carrera cuando yo apenas tenía 5 años, atreviéndose a contarme los poderes que devenían de la informática en tiempos donde Internet, muy lentamente, comenzaba a revolucionar las comunicaciones.

Quizá fue que él era lo único que tenía a mi alcance con el poder suficiente para influenciarme. Un par de comentarios sobre cómo los programas podían manejar de manera automática aviones o misiles en guerras, sobre los virus informáticos y cómo estudiar sus códigos, o una simple muestra de un jueguito para pc de Los Simpsons bastaron para que yo, pequeña como lo indicaba mi edad, expresara públicamente mi intención de ser Ingeniera en Sistemas de Información cuando fuera grande.

Un boicot a mis expectativas

Atravesé la primaria y la secundaria sabiendo qué iba a estudiar en la universidad. Nunca lo dudé e incluso me resultaba inconcebible pensar en otra carrera. En paralelo, surgieron otras pasiones en mi vida, como el amor por la matemática y la física, lo que reafirmaba que iba en buen camino, en el camino del nerd.

Recién en 5to año del secundario aprendí a programar. A pesar de haber ido a una escuela con formación en bachiller, tenía una orientación en auxiliar informático, y en el último año enseñaban a programar en el lenguaje Visual Basic 6. La materia se llamaba “Diseño de Sistemas”, un nombre que, a mi entender, le quedaba demasiado grande. Posiblemente yo no le comprendía bien al profesor, y eso derivó en que el único examen de programación que tuve en el secundario, lo terminara desaprobando. Sí, fue un golpe bajo, no solo porque me pegaba justo ahí en mis expectativas y sueños profesionales, sino también porque yo nunca desaprobaba un exámen. Aún así, ese hecho no condicionó mi decisión pero admito que tambaleó un poco mi confianza. Y esa no sería la única vez en que experimentaría tal sensación.

Al año siguiente comencé la carrera de ingeniería, y a pesar de que, sí, el primer año me costó un poco agarrarle la mano a todas las materias (¿A quién no le pasó?), pude culminar con un 10 en el final de la única materia de programación que había.

Luego la cosa pareció funcionar sobre patines: fui disfrutando y aprendiendo de cada cursada, aunque el fantasma sobre mi falta de talento para programar bien seguía aún vigente. A menudo me tocaba cursar con compañeros que venían de escuelas tećnicas o que ya se encontraban trabajando en la industria del software, y era notoria la diferencia a la hora de encarar un trabajo práctico. Ellos demostraban mucha más facilidad y seguridad, incluso en clase resolviendo los ejercicios de manera más rápida u óptima, lo que hacía que de a poco comenzara a autocatalogarme como una “no tan hábil desarrolladora”.

El punto culminante de este pensamiento negativo llegó de la mano de la materia Sistemas Operativos. Tuve el privilegio de haber hecho grupo de trabajo práctico con personas que sabían mucho y ese conocimiento las hacía ponerse extra exigentes con la calidad del código, haciendo por primera vez que “aprobar la materia” se convirtiera en un objetivo algo secundario para ellos.

Comenzaron a examinar con lupa cada fragmento de código que todos los miembros realizaban, pero con una mala costumbre: modificar el trabajo del resto a la manera que ellos creían correcta. Esto me afectó negativamente, no solo porque tardábamos el doble del tiempo en terminar el trabajo, sino porque carentes de realizar un buen feedback, parecían insinuar que todo mi trabajo estaba mal hecho y no servía.

Toda esta situación terminó tirando por el piso mi confianza en que podía programar medianamente bien.

Los años transcurrieron, y comenzaba a sembrarse en mí la idea de que, siendo Ingeniería en Sistemas de Información una carrera con una salida laboral tan amplia (ya que las incumbencias profesionales de la misma habilitan al graduado a desempeñarse en diversas tareas, siendo el desarrollo de software sólo una de ellas) terminaría en el futuro desempeñándome en cualquier actividad, menos en programación.

Yo confío en mí. ¿Vos confiás en mí?

Llegó el último año de mis estudios universitarios, y aún me encontraba sin experiencia laboral, no porque la suerte no haya estado de mi lado a la hora de buscarla, sino porque me focalicé en terminar la carrera. Quizá en esto también haya tenido influencia mi hermano. Él, habiendo estudiado la misma carrera, nunca había logrado finalizarla porque consiguió un trabajo bien pago y terminó abandonándola, algo muy común en las personas que comienzan a estudiar carreras en el área de informática.

Era necesario que, previo a recibirme, realizara las prácticas profesionales. Por suerte, no me costó conseguir un trabajo donde pudiera aplicar mis conocimientos. Estaba repleto de pedidos de pasantes y justo había logrado dar con uno en el área de seguridad informática. Me entusiasmé mucho, la seguridad informática siempre me había gustado y, analizando mis pensamientos del momento respecto al desarrollo de software, parecía una excelente opción por donde comenzar a explorar.

Como suele ocurrir en las ofertas de trabajos para pasante en empresas grandes, algo que confirmé con el paso de mi tiempo allí, el trabajo diario no concordó demasiado con lo que me habían “vendido” en las entrevistas previas: terminó consistiendo en unos cuantos clicks por acá y por allá, dando de alta a usuarios en los diferentes sistemas utilizados.

La crisis estaba comenzando

Sentí que no me valoraban. Ya ingeniera, con un título bajo el brazo, realizando el trabajo de un pasante. No me daban desafíos ni se preocupaban por mi crecimiento. Sentí una crisis profesional, y no tardé en comenzar a buscar nuevamente un trabajo, un trabajo en serio… un trabajo como desarrolladora.

Sinceramente,  desconozco si fue pura casualidad, pero se complicó bastante en un momento. Las empresas no estaban buscando a personas con nivel junior (con poca o ninguna experiencia), y los programas que ofrecían entrenamiento para personitas como yo, las ya nombradas pasantías, no aplicaban a mi situación debido a mi posesión de título universitario. Me comencé a desesperar.

Muchos amigos me ayudaron enviando mi curriculum vitae a las empresas donde ellos ya se encontraban trabajando, pero nuevamente la ya conocida falta de experiencia, sumado al momento de crisis económica que estaba atravesando el país, hacía que no me consideraran.

Probé entonces via LinkedIn. Acá se movió bastante más la búsqueda y pude concretar un par de entrevistas. Quiero decir, literalmente un par. Una fue para una muy pequeña empresa, digamos un proyecto individual de una persona, propuesta que me resultó al borde de la explotación: nulos beneficios, trabajo full time y por el mismo dinero que estaba recibiendo por la pasantía (las pasantías son por 4 hs). Me propuse seguir buscando un poco más, aunque haciéndome a la idea de que si ese era el panorama, tendría que acceder a este tipo de ofertas. Luego tuve otra entrevista, nuevamente para el área de Seguridad Informática pero de una consultora. Me vendieron un mundo de fantasías y aclararon que mi trabajo diario sería “dar de alta y baja a usuarios en distintos sistemas”. ¡No otra vez!. A pesar de que aclaré que ya conocía cómo sería mi trabajo, y que estaba huyendo de uno donde realizaba la misma tarea, intentaron retenerme diciendo que iba a tener la posibilidad de pasar por distintas áreas de la empresa. No. Ya no más vivir de promesas. Eso es lo malo (¿o tal vez bueno?) de LinkedIn, hace que uno aparezca como resultado en búsquedas laborales referidas a su experiencia laboral. El único inconveniente es que si uno está buscando un cambio… esto lo dificulta un poco.

Mientras tanto pasaba el tiempo y más me desesperaba. ¿Cómo era posible que nadie le diera una oportunidad a una ingeniera recién recibida, llena de energía para aprender y comenzar a crecer, dispuesta a dar todo lo mejor? ¿Cómo era posible que nadie confiara en mi capacidad si yo, sin tener experiencia, estaba confiando mucho en mí?…

Se planta una semilla

Ya en un intento desesperado le escribí un email a Fernando Dodino. Esta persona había sido mi docente un par de años atrás en una materia llamada Diseño de Sistemas (sí, igual que aquella materia del secundario, aunque en este caso ese nombre le quedaba ideal). Esa materia fue tal vez la más linda que tuve en toda la carrera ya que me había demostrado una vez más que yo podía diseñar y desarrollar un sistema, que podía brindar una solución óptima a un problema.

La respuesta de Fer fue contundente: “¿Por qué no te venís a 10Pines? Yo trabajo ahí y tenemos un programa de apprenticeship donde por 3 meses vas a aprender muchas cosas y luego, comenzarás a trabajar con un cliente de verdad”. Las esperanzas volvieron a brotar en mí… y sí, como ya podrán imaginarse el final de esta hermosa historia, acá me encuentro justo en ese momento donde finalicé de una manera muy satisfactoria esos 3 meses de apprenticeship.

Esto es lo que me hace buena y capaz

Esto me llevó a hacer una introspección sobre el camino recorrido, cuestión que me motivó a la hora de escribir este post, llegando finalmente a preguntarme: ¿qué cualidades debe tener una persona que se dedica al desarrollo de software para ser considerada “buena” en la industria? ¿qué aspectos son los que buscan y valoran las personas que se dedican a reclutarlos? Y desde este lado de la vereda, ¿qué cuestiones creemos nosotros, como desarrolladores, que nos hacen buenos? ¿En qué deberíamos confiar, y deberían confiar las personas que, en definitiva, nos pagarán un salario por nuestro trabajo?

Comencé una mini investigación por la web, luego consulté a varios colegas, y por último realicé una pequeña encuesta en redes sociales para averiguar cuál era la opinión de los reclutadores. Estos son los resultados:

Según distintos blogs consultados, estas son las cualidades que se esperan:

  • Curiosidad: querer seguir aprendiendo las nuevas tecnologías que vayan surgiendo
  • Capacidad de resolución analítica y lógica
  • Creatividad: haciendo hincapié de que no es sólo escribir código que funcione sino además pensarlo o esquematizarlo previamente en la cabeza
  • Paciencia y perseverancia: resistencia mental para lidiar con el sinfín de frustraciones con las que nos vamos a topar
  • Flexibilidad ante el cambio
  • Capacidad para trabajar en equipo
  • Pasión
  • Locura…

Desde el punto de vista de los reclutadores, muchos coinciden con varios de los puntos arriba mencionados, y además agregan los siguientes:

  • Capacidad Técnica: referido al conocimiento de algún lenguaje de programación puntual o de alguna tecnología, ya que deben responder a los intereses del puesto a cubrir.
  • Proactividad.
  • Experiencia (en algunos casos).
  • Dominio del idioma inglés (por lo general).

Por otro lado, consultando con colegas desarrolladores, se arribó a estas conclusiones:

  • Buena predisposición para aprender e investigar nuevos conceptos, nuevas tecnologías.
  • Ganas de querer hacer las cosas bien, preocupación por la calidad del código y, en definitiva, del producto final.
  • Buscar distintas formas de arribar a un resultado y nutrirse de los pros y contras de cada una.
  • Buena capacidad para comunicar tanto conocimientos como bloqueos, pedir ayuda, ayudar y trabajar en equipo.

Resumiendo

Como conclusión, puedo (pueden, podemos, podrán) observar en mí todas las cualidades que en definitiva me harían (me hacen, me hicieron) una buena desarrolladora, incluso aquellas que piden los reclutadores. Pero esto, ¿realmente termina definiendo si lo soy o no? Aún no lo sé, y no se si lo sabré alguna vez. Mientras tanto, puedo confiarme de que estos primeros 3 meses en 10Pines me nutrieron de capacidades, de conocimientos… y por sobre todo, de seguridad en mí misma.